viernes, 15 de marzo de 2013

Baldosas amarillas: claves del 2012



Nunca he conseguido escribir notas de cata. Hasta ahora ni lo he necesitado ni he tenido tiempo y ganas de ponerme a ello. Así que hay veces que recuerdo etiquetas, otras veces productores, algunas, las menos, añadas. Las notas de cata ni las escribo ni las leo.

Lo que siempre recuerdo, de todos los vinos que me han gustado, es el lugar donde lo probé y la gente con quien lo compartí. Porque el vino es una bebida social, de celebración, de amigos y conversaciones. Pocas veces abro una botella solo en casa.
El tiempo vuela, los cambios se suceden y yo siempre llego tarde. Aquí estoy a finales de febrero haciendo balance del año que ya acabó hace unos meses y de los vinos que me acompañaron. Balance que me sirve para entender a dónde voy. Uno no cambia de forma súbita, sino de manera gradual, paso a paso, baldosa a baldosa.
Este es un resumen de un año de cambios. 9 baldosas amarillas de un 2012.


Niepoort 1912:
En 1912 Robert Scott llegaba al Polo Sur cinco semanas más tarde que Roald Amundsen. El Titanic zarpaba y se hundía. Asesinaban a José Canalejas. Moría Poincaré. Y nacía este vino. No podría describirlo y quizá si lo intentase no lo recordaría. Recuerdo tener la copa delante y sonreír. Recuerdo que el vino estaba vivo, vivísimo. Y recuerdo sentir que nos miraba, con esa actitud altiva y mitad condescendiente de quien lo ha vivido todo y de quien todo lo sabe. Y yo seguía sonriendo.



Clos de la Coulée de Serrant 2009:
Dejemos las cartas claras encima de la mesa antes de seguir jugando. No soporto los libros de Joly. Pero este vino me gusta. 25% de botrytis en esta añada que hace que este vino sea "sencillo" dentro de los de Joly, según me cuenta un amigo. Me gusta este vino y me gusta el vino hecho por gente con un punto de locura. Me gustó su buena acidez con su alto grado. Me gustan los equilibrios sin lógica, y ese grado con esa acidez puede ser Chenin Blanc y poco más. Me gustó su mineralidad, su empaque y su paso por boca.


Domaine Comte Georges de Vogüé Bonnes Mares 2001: "Trae un Rioja clásico para la comida de hoy", le dijimos. Y se vino con esto. Dudo si es la mejor Pinot de este año, pero sin duda fue la que me tomé en mejor compañía. Un vino pura delicadeza, complejidad, sutileza, que a veces insinúa más de lo que enseña, y es eso lo que me vuelve loco de la Pinot Noir.



Espectacle 2009:
Qué espectáculo de vino. Elegante, sutil y complejo. Paso por boca amable y largo, y siempre cambiando. Fruta roja, mineralidad, especiado, ¿naranja?, mineral otra vez y vuelta a empezar.


The Noble Mud Pie 2008:
Una auténtica joya llega desde McLaren Vale, Australia. Viognier, Pinot Gris, Marsanne y botrytis para conseguir un vino de gran complejidad en intensidad en nariz, un estupendo equilibrio entre dulzor y acidez y una longitud soberbia.
Chester Osborn lo explica mejor que yo  aquí.


Francis Boulard Petraea y Jacques Selosse Substance:
Si sólo pudiese beber un tipo de vino en la vida elegiría Champagne. Cada día, en todas las comidas menos el desayuno. Qué cojones, en todas las comidas e incluso en el desayuno. Y si es de pequeño productor mejor, como estos dos. Champagnes que me fascinaron durante el año ya que acabó.


La bota de palo cortado nº34, La bota de amontillado nº31 Bota No, La bota de manzanilla nº32: 
El vino de Jerez está de vuelta, si es que alguna vez se fue. Hay veces que parece una moda, lo que se lleva ahora, lo más in. Y parte de la culpa es del descubrimiento de estas joyas que saca al mercado el Equipo Navazos. Lo bueno es que no hay peligro de que pase como con otras modas, que se pervierta. Cuando hay tanta historia, trabajo y tradición detrás, las modas no son pasajeras. Y yo me alegro.



Estos son los vinos que nos han enseñado el camino durante el 2012. Culpables de parte de lo que soy ahora. Hace años quería ser un pescador de los que veía cada día volver al atardecer al puerto. Luego le añadí el deseo de que en el puerto alguien me estuviese esperando. Más tarde me conformaba con ser la luna llena brillando el capó de un Camaro.
Lo que quiero ser mañana es en parte culpa de estos vinos. Y en parte culpa de aquellos con los que disfruté bebiéndolos.


 


martes, 12 de marzo de 2013

La atractiva decadencia de Oporto



Entre embotellados, etiquetados, grupos de cata y cursos del WSET voy dejando todo lo que escribo a medias.
Había dejado sin terminar un artículo que empezaba con "un día crucé de una isla a otra en ferry escuchando a Nacho Vegas" pero quiero contar primero que un día llegué a Oporto escuchando a Nacho Vegas.
Con eso bastaría por hoy. Pero hay mucho más. Oporto es una ciudad con tantos contrastes que si le pones un adjetivo, te equivocas a medias, con ese aire de ciudad decadente, de edificios en mal estado, de turistas, de historia portuaria y vinatera.
Porque uno puede pasear y llegar a una calle donde parece mentira haber salido sin ser atracado a poco más de 500 metros de un maravilloso puerto invadido de turistas, de casas de colores, de bodegas, de restaurantes y de, como todas las ciudades portuarias, nostalgia de otro tiempo y otro lugar. Es allí donde uno podría pasarse la tarde entera, con una copa de oporto en la mano, sentado en la sala de catas de Kopke, viendo turistas ir y venir, alejado de la algarabía tras una ventana con vistas al río.



Esa ventana es un buen lugar para intentar comprender lo que nos explicaron en Calem en una visita privada. Los vinos de Oporto son tan fascinantes y únicos que precisan de un nuevo aprendizaje.
Fascinante blanco seco de diez años que al verlo en la copa pensé que era un Tawny, gran L.B.V. de 2006 y un fascinante Colheita de 1983 para perderse del tiempo y olvidar el presente por un momento.




El mundo del vino es así, tan basto y complejo que no queda más remedio que seguir catando, leyendo y viajando para poder entender.


viernes, 8 de marzo de 2013

La Emoción del Douro



No hay vino sin contexto. Sin un paisaje, un clima, unas personas.
Se puede, por supuesto (la ventanilla de snobismo y pedantería vinícola no es ésta, lo siento), disfrutar de un vino sin ser un experto en ello, sin saber descifrar la etiqueta, se puede tomar a la temperatura a la que a uno más le guste, con hielo (reconozco que lo he hecho), con casera (también lo he hecho), refresco de cola (cómo no lo voy a haber hecho), solo o en compañía, puede ser un vino carísimo o el más barato de la tienda del barrio (¿de verdad sois tan especialitos que no habéis comprado nunca una cántara de vino que si sabíais de dónde era?) y puede ser acompañándolo con lo que prefiráis (tengo unos amigos orgullosos de su maridaje champagne con patatas chips).
Se puede, por supuesto. Pero si uno quiere, además de disfrutar del vino, entenderlo, situarlo, y sobre todo, comprenderlo, la mejor manera es visitar su origen y hablar con la gente que lo elabora. Poder responder al quién, cómo y dónde abre nuevas ventanas al disfrute. Ya no es beber sólo por diversión, es encontrarte con vinos que te emocionan, te susurran lentamente mientras se apoderan de tu mente por unos instantes. Instantes en el que eres transportado a otro lugar, a esos viñedos que una vez recorriste.


Cada vez que beba un vino del Douro recordaré aquella mañana en que Francisco Gonçalves, enólogo de Quinta San Lluis nos abrió la puerta de la bodega y nos explicó quién, cómo y dónde eran elaborados sus vinos.
 



El Douro es tan imponente y espectacular que cuesta olvidarlo. Cada vez que he vuelto a catar un vino de aquella zona he recordado sus terrazas, las explicaciones de Francisco sobre sus variedades, con la Touriga Nacional, Tinta Roriz, Touriga Franca, Tinta Barroca y Tinta Cao como principales, entre muchas variedades autóctonas, las diferencias climáticas entre lo alto del valle (más frío y mejores para hacer vinos tranquilos) y la parte de abajo de las laderas (más cálido, que ofrece vinos más potentes y alcohólicos, preferidos para los oportos). Al igual que el suelo de pizarra, las terrazas que hacen tan difícil el trabajo en el viñedo.




 
Hay vinos que son uno más entre muchos, podrían ser de cualquier sitio, de cualquier clima o cualquier variedad. Pero hay otros que al catarlos cuentan una historia, que te susurran y te recuerdan paisajes en los que estuviste, viñedos que pateaste, gente que conociste. Y te emocionas como el día en visitaste por primera vez ese gran valle del Douro.
Vinos que ya no sólo te satisfacen y entretienen, sino que te emocionan.