Cuando una etapa se acaba ya no te acuerdas de los nervios y las dudas que tenías antes de comenzarla. Simplemente sientes pena por lo que has dejado atrás, hasta que los nervios y las dudas del nuevo proyecto se hagan dueños de la situación.
Los nervios de Nueva Zelanda todavía no han vencido a la pena de dejar el Médoc.
Llegué con calor, con el verde de las hojas del viñedo y las uvas a punto de estar maduras y lo dejé bajo la niebla con el viñedo completamente marrón.
Y ya en España uno sigue echando de menos una habitación con vistas a un viñedo, entre cuyo techo y el tejado vivía un buho que me despertaba por las noches. Un perro con nombre de vino que me acompañaba a todos lados. Un bosque que me abrazó y me hizo sentirme como en casa.
Uno a veces vive entre la nostalgia de lo que perdió y la ilusión de lo que está por venir. Pero pocas veces en el presente. El presente ahoga. Puede parecer paradójico para alguien, como yo, que decidió no intentar racionalizar todo lo que le sucede, sino disfrutar de las sensaciones. Pero esas sensaciones son tan efímeras que a uno le gustaría atraparlas, conservarlas, embotellarlas, y tiempo después, poder descorchar una botella y liberar todos los recuerdos y sensaciones de aquella vendimia en el Médoc. O de aquel café y aquella despedida en la estación.
Poder beber recuerdos del pasado y sentirlos de nuevo como si todo hubiese sucedido ayer. Porque eso es, al final, abrir una botella de toda bodega donde hayas elaborado un vino.
Porque eso es, al final, volver a quedar con ella tantos años después.